DICCIONARIO DE ENFERMEDADES:
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embolia pulmonar

Un émbolo es, por lo general, un coágulo sanguíneo (trombo), pero puede también ser émbolos grasos, de líquido amniótico, de médula ósea, un fragmento de tumor o una burbuja de aire que se desplaza a través del flujo sanguíneo hasta obstruir un vaso sanguíneo. La embolia pulmonar es la obstrucción repentina de una arteria pulmonar causada por un émbolo.

En general, las arterias no obstruidas pueden enviar suficiente sangre a la zona afectada del pulmón para impedir la muerte del tejido. Sin embargo, en caso de obstrucción de los grandes vasos sanguíneos o cuando se padece una enfermedad pulmonar preexistente, puede ser insuficiente el volumen de sangre aportado para evitar la muerte del tejido, lo que puede ocurrir en el 10 por ciento de las personas con embolia pulmonar; es la situación conocida como infarto pulmonar.

El daño se reduce al mínimo cuando el organismo deshace rápidamente los pequeños coágulos. Los grandes tardan más tiempo en desintegrarse y por tanto la lesión será mayor. De ahí que los coágulos grandes puedan causar muerte súbita.

Causas

El tipo más frecuente de émbolo pulmonar es un trombo que se ha formado habitualmente en una vena de la pierna o de la pelvis. Los coágulos tienden a formarse cuando la sangre circula lentamente o no circula en absoluto. Esto puede ocurrir en las venas de las piernas de alguien que permanece en la misma posición durante mucho tiempo, pudiendo desprenderse el coágulo cuando la persona empieza a moverse de nuevo. Es menos frecuente que los coágulos comiencen en las venas de los brazos o en el lado derecho del corazón. Sin embargo, una vez que el coágulo formado en una vena se libera y pasa al flujo sanguíneo, es habitual que se desplace hacia los pulmones.

Cuando se fractura un hueso, se pueden formar otro tipo de émbolos a partir de la grasa que escapa de la médula ósea y que pasa a la sangre. También puede formarse un émbolo de líquido amniótico durante el parto. Sin embargo, los émbolos grasos y los de líquido amniótico son formas más raras de embolia y, en caso de producirse, se alojan en los pequeños vasos como las arteriolas y los capilares del pulmón. Cuando se obstruyen muchos de estos vasos, puede producirse el síndrome de distrés respiratorio del adulto.

Síntomas

Es posible que los pequeños émbolos no causen síntomas, pero la mayoría provoca ahogo. Éste puede ser el único síntoma, especialmente cuando no se produce el infarto. Con frecuencia, la respiración es muy rápida; la ansiedad y la agitación pueden ser pronunciadas y el afectado puede manifestar los síntomas de un ataque de ansiedad. Puede aparecer un dolor torácico agudo, especialmente cuando la persona respira profundamente; este tipo de dolor se llama dolor torácico pleurítico.

Los primeros síntomas en algunas personas pueden ser mareos, desvanecimiento o convulsiones. Generalmente estos síntomas son el resultado, por un lado, de una disminución brusca de la capacidad del corazón para aportar suficiente sangre oxigenada al cerebro y demás órganos y, por otro, de un ritmo cardíaco irregular. Las personas con oclusión de uno o más de los grandes vasos pulmonares, pueden tener la piel de color azulada (cianosis) y fallecer de repente.

El infarto pulmonar produce tos, esputo teñido de sangre, dolor torácico agudo al respirar y fiebre. Por lo general los síntomas de embolia pulmonar se desarrollan de forma repentina, mientras que los síntomas de infarto pulmonar se producen en el curso de horas. Con frecuencia los síntomas del infarto duran varios días, pero habitualmente disminuyen de forma progresiva.

En las personas con episodios recurrentes de pequeños émbolos pulmonares, los síntomas como ahogo crónico, hinchazón de los tobillos o de las piernas y debilidad, tienden a desarrollarse de forma progresiva a lo largo de semanas, meses o años.

Diagnóstico

El médico puede sospechar la existencia de embolia pulmonar basándose en los síntomas y en los factores de predisposición de una persona. Sin embargo, con frecuencia se necesitan ciertos procedimientos para poder confirmar el diagnóstico.

Una radiografía de tórax puede revelar leves alteraciones en las estructuras de los vasos sanguíneos tras la embolia y algunas señales de infarto pulmonar. Sin embargo, las radiografías de tórax son frecuentemente normales e incluso, cuando no lo son, es raro que confirmen la embolia pulmonar.

Un electrocardiograma puede mostrar alteraciones, pero a menudo éstas son transitorias y tan sólo apoyan la posibilidad de una embolia pulmonar.

Con frecuencia se realiza una prueba de perfusión (gammagrafía). Para ello se inyecta en una vena una sustancia radiactiva que pasa a los pulmones, donde se observa el aporte de sangre al pulmón (perfusión). En la imagen aparecen como oscuras las áreas que no reciben un suministro normal porque no les llega ninguna partícula radiactiva. Los resultados normales de la exploración indican que la persona no padece una obstrucción significativa del vaso sanguíneo, pero los resultados anormales pueden también deberse a causas ajenas a la embolia pulmonar.

Generalmente, la gammagrafía de perfusión se asocia a la gammagrafía de ventilación pulmonar. La persona inhala un gas inocuo que contiene una huella de material radiactivo que se distribuye uniformemente por los pequeños sacos de aire de los pulmones (alvéolos). En las imágenes aparecen las áreas donde se intercambia el oxígeno. El médico puede generalmente determinar si la persona tiene una embolia pulmonar, comparando este resultado con el modelo obtenido en la prueba de perfusión (que indica el aporte de sangre). Una zona con embolia muestra una ventilación normal pero una perfusión disminuida.

La arteriografía pulmonar es el método más preciso para diagnosticar una embolia pulmonar, pero conlleva algún riesgo y es más incómoda que otras pruebas. Consiste en inyectar en la arteria una sustancia de contraste (visible en la radiografía) que fluye hasta las arterias del pulmón. La embolia pulmonar aparece en la radiografía como una obstrucción arterial.